Por aquel entonces mi perspectiva era estar un par de años en Mallorca, así que decidí aprovechar ese tiempo para aprender el idioma. Les pedí a mis compañeros que me hablasen en mallorquín, que no cambiasen al castellano cuando estuviesen conmigo y, sobre todo, que además de los tacos me contasen chistes, refranes, trabalenguas, etc., en mallorquín. El día que me riese antes de que me lo tradujesen significaría que ya entendía algo.
Así, entre risas y bromas aprendí cosas como que “un carro carregat de garroves ha perdut un barreró pes carreró de La Rambla”. Cosas que me servían para romper el hielo o contestar a mi quiosquera, cuando persistentemente me hablaba en castellano pese a mis intentos de pedirle el periódico en mallorquín. “Mi marido también es foraster, lleva muchos años en Mallorca pero no habla mallorquín, bueno, lo habla malament, así como usted”, me decía la buena señora, aunque creo que con cariño.
Al final, el par de años que tenía que vivir aquí se convirtió en un “parell mallorquí” y de hecho esta isla es mi casa desde entonces. A pesar de la opinión de mi quiosquera, a los tres o cuatro meses de llegar ya hablaba mallorquín con cierta fluidez y ahora lo hago sin problemas, tampoco los tengo con el catalán, que entiendo bien aunque no lo hablo.
Por todo ello quiero dar las gracias a mis amigos mallorquines que, con sus bromas y sus tomaduras de pelo, hicieron ese aprendizaje muy agradable. También se lo agradezco a todos los sorprendidos dependientes que hicieron caso de mis peticiones y no cambiaron al castellano, tal y como su buena educación isleña les indicaba que hiciesen con todos los “forasteros”. Así mi integración, a principios de los 80, fue muy sencilla y sin imposiciones.
Nunca olvidaré la cara de tonto que se les quedó a mis amigos cuando en 1983 se aprobó un estatuto de autonomía en el que se afirmaba que el catalán era la lengua propia de Baleares. “Es una postura política para asegurarse más apoyos, pero aquí siempre se hablará mallorquín” me decían a modo de justificación. Y conste que se referían al mallorquín, como la lengua común de las Baleares, del antiguo Reino de Mallorca, así como en las tres provincias de la Comunidad Valenciana se habla “valenciano”.
Cuando en 1986 se aprobó la Ley de Normalización Lingüística para blindar el uso del catalán, ya estaban totalmente decepcionados, aunque la disonancia cognitiva les impedía reconocerlo. A mí me extrañaba su sorpresa, pues indicios había para darse cuenta de lo que estaba pasando. Un día, al principio de llegar, les comenté que para hacer prácticas de mallorquín miraba el noticiario “lnformatiu Balear”. Uno me contestó que “si entrevistan a alguien de aquí le escucharás hablando en mallorquín pero los locutores hablan todos en catalán”. Entonces ya asumían que el habla culta es la catalana y el mallorquín es algo popular y folclórico.
Esa dicotomía parecían aceptarla todos los partidos políticos de entonces, así que no había opción de buscar ningún apoyo para reclamar un referéndum para decidir cuál era la lengua propia de Baleares. Incluso la “intelectualidad” catalanista isleña criticó a la Comunidad Valenciana cuando, en un gesto de extremo chauvinismo provinciano, habían reivindicado el valenciano como su lengua propia.
No sé si el mallorquín y el catalán son la misma lengua o no. Tengo conocidos que defienden vehementemente las dos opciones y ambos aportan “pruebas lingüísticas de peso”. Lo que sí es cierto es que si en 1983 ningún partido defendía el mallorquín como la lengua propia, ahora, después de treinta y ocho años de inmersión lingüística en catalán, en la calle ya tampoco todo el mundo te dice que el mallorquín es una lengua distinta de la catalana. Tantos años de educación dirigida, imposición y subvenciones han dado algunos frutos. Aunque también es verdad que la impresión que tengo es que a pesar de ese triple esfuerzo, educativo, impositivo y subvencionado, el nivel de aceptación de catalán como lengua propia es bastante más bajo de lo que a las autoridades lingüísticas les gustaría.
Y es que también hay que tener en cuenta que toda imposición genera rechazo. Esto puede estarse cargando todos los esfuerzos por conseguir que el catalán sea una lengua aceptada por todos.
De momento lo que sí parece que han conseguido es quitar al mallorquín cualquier vestigio de lengua culta, sin dedicar además ningún esfuerzo a proteger las distintas formas lingüísticas insulares, tal y como señala el propio estatuto de autonomía. Se da incluso la paradoja que las instituciones culturales que se ponen el apellido “balear”, sean oficiales o subvencionadas, lo que defienden es la lengua catalana.
Así que vencido el mallorquín, lo que ahora parece que sobra en esta comunidad “bilingüe” es el castellano. Eso desde luego no lo pueden decir tal cual. Oficialmente se defiende el derecho de los ciudadanos a dirigirse a la Administración en la lengua que prefieran y a ser contestados en dicha lengua. Eso lo respetan, pero se puede constatar fácilmente que las instituciones oficiales tienden a obviar el castellano en sus comunicaciones. La cartelería que habitualmente emplean para informar a sus ciudadanos, así como anuncios, folletos, redes sociales, cuñas publicitarias, etc., están únicamente en catalán.
Teniendo en Baleares dos lenguas cooficiales reconocidas en su Estatuto de Autonomía y con el compromiso recogido en ese mismo texto legal de no discriminar a nadie por razón de su lengua, me extraña que los que nos gobiernan ignoren deliberada y constantemente la lengua española en este tipo de comunicados.
La sociedad balear es bilingüe y tradicionalmente han convivido en la calle mallorquín y castellano sin problemas, cambiando de una a otra según la situación. Siempre ha sido así y nunca ha pasado nada.
Últimamente aparecen de vez en cuando en los medios de comunicación denuncias de ciudadanos catalanohablantes que cuentan la frustración que han sentido, porque un camarero, un dependiente, la azafata de un avión, una cajera, un guardia civil… no les ha entendido porque hablaban catalán. También es muy típico que leamos ese tipo de denuncias sobre comercios, restaurantes, etc., que tenían los rótulos o la carta o la megafonía en castellano.
Y es cierto que siendo Baleares una comunidad bilingüe lo ideal es que el personal que atiende al publico conozca los dos idiomas y la rotulación, las cartas, etc., también estén en ambos. A juzgar por las denuncias, muchos catalanohablantes consideran esto un derecho fundamental y el Govern es consciente de ello. De hecho, a finales de 2020 han puesto en marcha la Oficina de Defensa dels Drets Lingüístics. En ella cualquier ciudadano puede denunciar si en un comercio no le atienden en catalán, si la carta de un restaurante está sólo en castellano y cosas así.
Me quedaba la duda de si en Baleares todos los ciudadanos teníamos los mismos derechos, así que para comprobarlo denuncié que todos los anuncios del Govern con información de la pandemia estaban sólo en catalán, lo que me parecía doblemente inaceptable, primero por la discriminación evidente de la otra lengua cooficial y segundo por privar a la población hispanohablante de una información esencial. Además, si es denunciable que un camarero no hable catalán, más denunciable es que el propio Govern no quiera hablar en castellano ¿no? Señores, que esos anuncios los pagamos todos.
Pues bien, me contestaron que no había lugar a mi denuncia porque el Govern estaba actuando en consonancia con la legislación lingüística vigente. Lo que queda entonces claro que esa legislación lingüística es discriminatoria y la prueba es que la Administración se puede comunicar sólo en catalán. Es admisible y es legal, pero sería inadmisible e ilegal si se hiciese en castellano. Así que lo que han creado en definitiva es una Oficina de Defensa dels Drets Lingüístics dels Catalanoparlants, pagada con los impuestos de todos, eso sí.
Bien, permítanme entonces que les felicite señores del Govern, tienen ustedes una ciudadanía ejemplar ya que, aunque la mayoría son castellano parlantes y de hecho tienen la lengua española como preferida y de elección a la hora de iniciar conversaciones, hasta ahora no les están teniendo en cuenta su actitud de ignorar este hecho y de gobernar como si las preferencias lingüísticas de la mayoría de su población no tuviesen ninguna importancia. Eso se debe a que esa “mayoría silenciosa” no está acostumbrada a hacer política con la lengua, mientras que la “minoría ruidosa” lleva las reivindicaciones lingüísticas en sus genes y es algo que reclaman como si alguien se lo negase, cuando en el fondo lo que pasa es que les molesta el bilingüismo, sencillamente no lo admiten.
Evidentemente entiendo la situación y comprendo su actitud como Govern. Tener contenta a esa minoría más concienciada lingüísticamente les proporciona un mayor rédito político y les es mucho más rentable. Quizás las cosas cambien cuando la mayoría silenciosa también se conciencie y vea con claridad que la política lingüística es algo importante para tener en cuenta a la hora de votar y que el poder de los votos lo tienen ellos.
Y por último una reflexión. Hablando con sinceridad, el pequeño esfuerzo que hice en 1982 para aprender mallorquín creo que no lo haría ahora para aprender catalán. ¿Por qué? Pues porque entonces aprendí mallorquín porque me apetecía y ahora tendría que aprender catalán por obligación.
Así que entonces un consejo señores del Govern, la mejor manera de no crispar con el catalán es no imponerlo. Los que vivimos en estas islas, hablemos mallorquín, castellano, catalán o los tres, se lo agradeceremos enormemente.
Julio de Miguel Madrazo
Palma, agosto de 2021

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