Muchas veces se compara el cerebro con un ordenador y de ahí que los más mayores recordarán la denominación de “cerebro electrónico” con la que se bautizó inicialmente a tales artefactos.
Permitidme ahora que vaya un poco más lejos y concretando un poco más haga un símil comparando el lenguaje con un ordenador. Si tenéis la paciencia de seguir leyendo veréis por qué.
Ordenadores hay de muchos tipos, con distintos procesadores, sistemas operativos, con distinta resolución gráfica, con aplicaciones diferentes, unos más adaptados para el diseño gráfico o la edición fotográfica, otros más adaptados para el cáculo, el proceso de textos… todo depende de las aplicaciones que cada uno tenga instaladas de serie.
Si a un niño pequeño le damos un ordenador y dejamos que interaccione a su aire, rápidamente le sacará partido según sus capacidades intelectuales y ambas, capacidad intelectual y características del ordenador, modularán y condicionarán el resultado, el rendimiento y el desempeño del propio niño. Evidentemente cada niño se adaptará y se acostumbrará a su ordenador y acabará obteniendo con él los mejores resultados posibles en cada caso. Es más, dependiendo de las características del ordenador y de su utilidad como herramienta para distintas tareas, el niño podrá ir desarrollando más fácilmente distintas habilidades.
En principio todos los ordenadores son unas herramientas excelentes, ni mejores ni peores unos que otros, simplemente cada persona tendrá preferencias por unos u otros según lo acostumbrada que esté a usar uno u otro.
Obviamente, si nos acostumbramos a utilizar varios tipos de ordenador nuestra perspectiva se amplía considerablemente, en cuanto a las distintas capacidades que proporcionan las distintas herramientas. Así que aprovechar las características diferentes de distintos ordenadores siempre es algo que puede favorecer el desarrollo de las capacidades, intelectuales, artísticas, etc., de quien los usa.
Dependiendo de sus características y aspiraciones, cada persona puede tener su ordenador preferido, estar perfectamente adaptado a él y no querer utilizar otro. Aunque otras personas se encontrarán más cómodas utilizando distintos ordenadores según la situación en la que se encuentren y la tarea que deban afrontar.
Bien, vivimos en un país libre y cada uno puede hacer lo que más le guste ¿no? Pues imaginaos lo absurdo que sería que los partidarios de un ordenador pretendiesen que el suyo se utilizase con exclusividad. Que para fomentar su uso, en lugar de hablar de sus estupendas características lo único que hiciesen fuese hablar mal de los otros ordenadores. Es más, que consiguiesen que la administración sólo utilizase su ordenador y lo mismo pasase en educación. Pero imaginaos que aún así para justificar el uso de su ordenador sólo se les ocurriese prohibir el uso de los otros.
¿Quiénes harían eso? Única y exclusivamente los que no tuviesen confianza suficiente en su ordenador. Los que no pueden decir que su producto es mejor que los otros, los que no pueden competir en condiciones de igualdad, los que necesitan la imposición, las subvenciones y la prohibición de la competencia para sobrevivir.
Evidentemente, con la economía de libre mercado, con la ley de la oferta y la demanda, estas cosas no pasan con los ordenadores. Desgraciadamente sí pasan con las lenguas. A los partidarios de una determinada lengua, sobre todo la quieren utilizar como arma política, les asusta someter su “producto” a las leyes del “mercado”, evidentemente porque confían poco en él. El complejo de inferioridad, como los celos, es algo muy frustrante porque nunca los puedes vencer por muy infundados que sean, así que para estar tranquilo sólo se te ocurre eliminar a los demás, hablar mal de ellos, porque tienes la sensación de no poder competir con algo que te supera.
Quien hace eso ignora que las lenguas son pertinazmente pragmáticas. Que prosperan y progresan por su utilidad práctica y que por muchas trabas que les pongas, por mucho que fomentes la tuya, si otra nos sirve para más cosas será la que al final progrese. Pongamos el ejemplo del inglés.
¿Necesita de subvenciones para que en todo el mundo se lean libros, se publiquen trabajos científicos, se vean películas en ese idioma? No.
¿Necesita que subvencionen los medios que utilizan inglés? No.
¿Se necesita una inmersión lingüística para que la gente quiera hablar inglés? No.
¿Necesitan imponer su uso en la administración? No.
La gente quiere hablar inglés por su utilidad práctica, sin que nadie les obligue a ello.
En menor medida lo mismo pasa con el español.
¿Tiene el catalán la misma utilidad práctica que el inglés? No.
¿Y que el castellano? Esto… me sabe mal decirlo, pero tampoco.
¿Y si aumento la utilidad práctica del catalán? ¿Cómo? Haciendo que sea la lengua de la administración y la educación. Subvencionando editoriales y medios de comunicación para que lo utilicen, discriminando el castellano para desprestigiar a los que lo emplean… pues no tampoco funciona así.
No funciona que el Govern solamente publicite los anuncios sobre la pandemia sólo en catalán.
Ni que los ayuntamientos ignoren el castellano a la hora de publicar sus programas de festejos.
Ni que los talibanes lingüísticos gasten sus subvenciones en señalar los comercios y los funcionarios que hablan castellano.
Y tampoco funcionan casos, desgraciadamente no tan anecdóticos, como el de la coordinadora de un comedor escolar de Barcelona que explicaba a las monitoras que si un niño pedía pis o agua en castellano no había que hacerle caso.
Todas esas estrategias evidentemente aumentan la utilidad de hablar catalán, pero de una manera tan artificial, burda y mezquina que el efecto es el contrario al pretendido. No es extraño que el catalán no pare de perder hablantes, causando la alarma de sus defensores más talibanes, que se han apresurado a declarar la emergencia lingüística solicitando medidas urgentes para remediarlo: más discriminación del castellano, más imposición del catalán y más subvenciones para ėl. En definitiva, más de lo mismo. No parecen darse cuenta que las mismas estrategias producen los mismos resultados, con lo que el catalán seguirá perdiendo hablantes y los catalanistas poniéndose cada vez más nerviosos.
Estas tácticas totalitarias no funcionaron durante el franquismo, cuando se intentó hacer algo similar y no funcionó. ¿Aprenderán la lección los políticos para evitar caer en los mismos errores. Pues desgraciadamente no. Los totalitarismos presentan una notable resistencia a abandonar los métodos de la imposición, que son los únicos que parecen conocer.
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